sábado, 3 de marzo de 2012

EL ORDEN GLOBAL DE LA DESIGUALDAD (1)




Juan de Dios Pórtugos, desde la Alquería del Gozco, me envía (traducido) este artículo de Pierre Carniti, publicado en Eguaglianza e Libertà, (c(www.eguaglianzaeliberta.it) on el ruego de –si lo estimo pertinente— sea publicado en este blog. Los ruegos de Juan de Dios son órdenes, máxime si se refieren a los escritos del amigo Pierre Carniti.





Pierre Carniti




La desigualdad


No vivimos en un mundo justo. De entrada no hay instituciones y proyectos políticos suficientemente compartidos para poner remedio. Pienso incluso sobre la cuestión más debatida en los últimos tiempos, la de la deuda externa, las desigualdades son ya alarmantes. No son necesarias parábolas franciscanas, tampoco de la retórica del libro Cuore para darse cuenta de que los pobres se comportan mejor que los ricos. Basta echar una ojeada a los estudios del Fondo Monetario Internacional y tomar en consideración la espantosa cifra de la deuda mundial: casi 40 billones de euros. Una cantidad inmensa y durísima. Sin embargo es inexistente, dado que se trata de de dineros ya gastados y no disponibles. El dato que hiere la vista es que el 84 por ciento de la deuda la han contratado los países industrializados. Es decir, Europa, Estados Unidos y Japón. Ahí es donde la deuda alcanza y supera casi siempre el 100 por cien del PIB. En África, Asia y otros países en los márgenes de la riqueza mundial, sin embargo, la deuda pública alcanza cerca de un tercio del PIB (33 por ciento). En dinero contante y sonante los pobres tienen más chance a la hora de pagar sus deudas. Los ricos no. Por lo menos, no todos.

Sin embargo, en 2007 esta extraordinaria deuda mundial aumentaba a la mitad. Lo que significa que los estados ricos habían duplicado el recurso al crédito en poquísimos años generando una espiral que ya no se sabe cómo pararla. ¿A dónde ha llevado esta situación? Muy simple. En primer lugar a la utilización de ingentes recursos públicos para “socializar las pérdidas” que había activado la más gigantesca e irresponsable especulación salvando bancos e intermediarios financieros que, con ese tráfico, habían acumulado enormes beneficios. A continuación la convicción de poder contar con el crecimiento ininterrupido y constante mediante el acaparamiento de los recursos naturales agotables y sin ningún pudor por las consecuencias en términos de destrucción medioambiental y el cambio climático. Para intentar hacerle frente todos han negociado nuevas deudas (a propósito: la palabra mágica es “refinanciación”) para pagar las anteriores deudas. Resultado: cuando la crisis financiera (como era de esperar) se convirtió en crisis de la economía real el mecanismo se encasquilló y ahora el problema no es sólo el de la deuda acumulada sino, además, la suma de los intereses sobre la deuda en un cuadro de crecimiento ralentizado y para algunos negativo. Baste pensar que Italia gasta sólo en intereses un 11 por ciento de sus ingresos fiscales. La media europea es del 6,7 por ciento, que no es poca cosa. Naturalmente, tener detrás de la deuda un Estado fuerte, capaz de defender su propia moneda no es baladí. Lo demuestran perfectamente Japón (donde la relación entre la deuda y el PIB es la más alta del mundo con cerca del 23 por ciento) y los Estados Unidos (110 por ciento). Mientras que la Unión Europea sufre muchísimo (88,6 por ciento) donde la moneda única debe ajustar las cuentas con otras veinte pequeñas economías nacionales, legislaciones, políticas fiscales, sistemas bancarios, sistemas políticos tendencialmente autárquicos. En este año, entre las deudas de los estados y las bancarias, Europa deberá sacar del maletín 1.900 millardos. Que no existen. Porque quien tiene la balanza en activo no está dispuesto a meterlos y quien, sin embargo, los tiene en pasivo no sabe dónde encontrarlos. Lo que explica por qué el euro y Europa se encuentran seriamente ante el riesgo de implosión.


Para encarar con alguna posibilidad de éxito los nuevos problemas serían necesarias instituciones y proyectos políticos a la altura de los desafíos. Así mismo sería necesaria una cultura política suficientemente convincente para dar una respuesta a la cuestión de la “justicia global”. Con la gran transformación geopolítica, tras el colapso del edificio del socialismo real en su versión soviética al final de la guerra fría en los últimos años del siglo pasado, el debate político-cultural ha alumbrado la necesidad de la justicia global. Una teoría a la altura de la demanda de “un mundo más justo”. Fundado en el deseo de libertad, democracia, derechos humanos, la mejora de las condiciones de vida, la reducción de las desigualdades. Capaz de medirse con la injusticia universal. Esta necesidad está todavía por resolver. Ya sea sobre el plano de la doctrina como, y todavía más, en el terreno de la práctica política. En el plano teórico, porque está meridianamente claro que la justicia significa a escala mundial y, además, qué esperanza de justicia nos debería inducir a querer en la esfera de las instituciones internacionales o globales. Así como, en lo atinente a las conductas políticas de los Estados que están en condiciones de influir en el orden mundial. Por otro lado, las cuestiones teóricas y normativas están estrechamente relacionadas a los problemas prácticos relativos a la vía legítima a interpretar para llegar a un gobierno mundial. Porque tales cuestiones se refieren unas instituciones que todavía, en gran parte, no existen. Mientras tanto, aunque de manera imperfecta e incluso cada vez más insuficiente, el Estado-nación sigue siendo la sede principal de la legitimidad política. Lo que explica por qué, cuando nos encontramos frente al propósito o al intento de una acción colectiva a escala global (como lo han intentado hacer los Occupy Wall Street, la City y todos los símbolos del dinero, el movimiento del 99 por ciento que se opone a las riquezas, privilegios y stock option del 1 por ciento considerado clase global, los Indignados, etc.) no está claro si es o no posible establecer la hipótesis de qué cosa es capaz de jugar un papel que pueda compararse con el del Estado-nación.

Teniendo en cuenta que este es el estado de la cuestión no se pueden eludir dos temas cruciales. La primera es la relación entre justicia y soberanía. La segunda se refiere a la amplitud y límites de la igualdad como búsqueda de la justicia. Se trata de dos asuntos conectados, y entrambos tienen una importancia fundamental para determinar si se puede dar formas a un ideal comprensible de justicia global. La cuestión de la justicia y de la soberanía fue estudiada de manera clara por Thomas Hobbes en el Leviatán. Como es sabido, Hobbes en su tratado sostiene que, ya que los verdaderos principios de la justicia se pueden descubrir también confiándose sólo en el razonamiento moral, la justicia efectiva no se puede alcanzar si no es a través de un Estado soberano. Y como el hombre en el estado de naturaleza tiene como fin su propia auto conservación está inserto en una inevitable lucha por la supervivencia, lo que comporta la guerra de cada hombre contra todos los demás (homo homini lupus). De ahí que para que las relaciones entre seres humanos sean justas es necesario que haya un gobierno. Al mismo tiempo, y en base a la misma consideración, Hobbes saca la consecuencia que, en el contexto internacional, varios soberanos están inevitablemente contrapuestos entre sí en un estado de guerra. Del que la justicia y la injusticia están ausentes.

Por otra parte, Rawls sitúa con particular claridad la cuestión de la justicia y la igualdad en Una teoría de la justicia. Rawls sostenía que los requisitos de la justicia liberal incluyen una fuerte componente de igualdad entre los ciudadanos. Esta última, sin embargo, es una exigencia específicamente política, aplicable sobre la base de una estructura de Estado-nación (unificado). Sin embargo, no se aplica a las opciones personales de los individuos que viven en la sociedad en cuestión. Porque constituyen preferencias no políticas. Ni se aplica a las relaciones entre una y otra sociedad, o entre miembros de sociedades diferentes. En sustancia la justicia igualitaria constituye un requisito que puede ser impuesto a la estructura política, económica y social interna en los Estados-nación, y no es posible extenderla a contextos diferentes que reclaman criterios diferentes. Consigue que, sean cuales sean los principios empleados para establecer derechos u oportunidades iguales en el ámbito nacional, no parecen aplicables en la esfera global.

Ahora bien, si Hobbes tiene razón, la idea de una justicia global sin un gobierno mundial es una quimera o un espejismo.Si, no obstante, Rawls estuviera en lo cierto, el ideal de un mundo justo debería –o podría-- coincidir al máximo con un mundo de Estados y sociedades más justas en su interior. Para entrambos la posibilidad de perseguir una justicia global resulta una especie de fata Morgana. La realidad confirma su escepticismo. En cuanto a las instituciones internacionales existentes (o, quizás las que se puedan existir como hipótesis) su función se deriva del poder delegado de Estados diversos con intereses distintos y, por ello, tendentes a su recíproca neutralización, no están en condiciones de darse y conseguir tal objetivo. El resultado es que no existen las condiciones para un gobierno mundial capaz de asegurar la justicia y tampoco las sociedades nacionales están (al menos en las tres últimas décadas) particularmente interesadas en reducir las desigualdades y buscar una mayor justicia en su interior. En efecto, mientras se discute (académicamente) sobre un “nuevo orden mundial” la injusticia continúa dominando el mundo. Por ello es suficiente recordar que los 900 millones de personas privilegiadas por la fortuna de haber nacido en Occidente se han beneficiado hasta ahora del 86 por ciento del consumo mundial. Y consumen el 58 por ciento de la energía mundial, disponen de casi el 80 por ciento de la renta mundial y del 74 por ciento de todas las conexiones telefónicas. La quinta parte más pobre de la población (1200 millones) le corresponde el 1,4 por ciento de los consumos globales, el 4 por ciento de la energía y el 1,5 por ciento de todas las conexiones telefónicas. Es fácil comprender que los ricos crean que es justo su bienestar y tiendan a defenderlo. Pero ¿cómo es posible que los pobres marginados y dominados lo puedan aceptar? Max Weber había vinculado la estabilidad del desorden y de la desigualdad a la cuestión de la legitimación. Pero ¿qué “fe de legitimidad” garantiza la aceptación, por parte de los pobres y los excluídos a escala global de la desigualdad de la sociedad mundial donde la mitad de la población (y la mayoría de los niños sufren hambre? La quinta parte de la población mundial, a la que le vienen peor las cosas (recordemos que puestos en conjunto tienen menos dinero que el hombre más rico del mundo) le falta de todo: carne, agua potable y un techo donde cobijarse. Así las cosas, ¿es legítimo y estable este orden mundial de la desigualdad?

Continuará…



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